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viernes, 5 de septiembre de 2014

La voz de Dios



“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).

Quienes verdaderamente conocen a Dios han aprendido a reconocer Su voz por encima de todas las demás. Él quiere que tú estés absolutamente convencido de que Él desea hablarte y decirte cosas que nunca has visto u oído antes.





Creo que se requieren tres cosas de aquellos que desean escuchar la voz de Dios: 

Una confianza inquebrantable en que Dios quiere hablarte. Debes estar plenamente persuadido y convencido de ello.
 De hecho, ¡Él es un Dios que habla! Él quiere que tú conozcas Su voz para que puedas hacer Su voluntad. 
Lo que Dios te dice, nunca irá más allá de los límites de la Escritura. 
Tiempo de calidad y de silencio. Debes estar dispuesto a pasar tiempo a solas con Dios y a callar cualquier otra voz que no sea la de Él.

 Es cierto que Dios nos habla todo el día, pero cada vez que Dios ha querido hacer algo en mi vida, su voz se ha hecho presente cuando me he encerrado con Él y he dejado afuera otras voces, con excepción de la suya. Pedir con fe. No obtenemos nada de Dios (incluyendo oír Su voz) a menos que realmente creamos que Él es capaz de expresarnos Sus pensamientos ¡y de darnos la habilidad para comprender Su perfecta voluntad! ¡Dios no bromea! Él no permitirá que el diablo te engañe. Cuando Dios habla, su paz se manifiesta ¡y Satanás no puede contrarrestar dicha paz!



“Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:2-5).

Santidad o pecado



Cuando todos queremos algo siempre habrá alguien que se oponga.


SANTIDAD:

-Lugar o cosa guardada o pura.

PECADO:

-Errar en el blanco, ofensa, falta, descarriar, pervertir.

Todos tenemos un llamado a la santidad, pero a todos nos cuesta santificarnos.


1a. Pedro 1:14 al 16 “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”

La palabra de Dios dice que tenemos que ser santos en nuestra forma de vivir. El pecado triunfa sobre la santidad cuando nos alejamos de Dios y dejamos de buscar su presencia y su Palabra.

En 2a. de Samuel 11, vemos el caso del Rey David, el dulce cantor de Israel. En este caso, nos damos cuenta que cuando no hacemos lo que debemos hacer, el pecado nos vence. David fue vencido por el pecado porque tuvo problemas con sus ojos… se dejó llevar por la tentación y heredó la vana manera de vivir de sus padres. Pero David no estaba en donde tenía que estar.

Al leer el Salmo 51, vemos que la fuerza de la santidad vence a la fuerza del pecado. Además, en este Salmo podemos observar algunas de las cosas que hizo David en su lucha de santidad contra el pecado:

1) Clamó por piedad, misericordia y compasión.

2) Lavar la maldad y limpiar el pecado.

3) Reconoció sus transgresiones, pecados e iniquidades.

4) Rompió la herencia ancestral.

5) Tuvo intimidad con Dios.

6) Recibió un corazón limpio y un espíritu recto.



A Dios no sólo le interesa que no nos metamos en problemas, El quiere que seamos felices… Es por eso que en Romanos 12:1-2 encontramos “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

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